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Internacional

Los “aparapitas” se ganan la vida apelando a su resistencia

BOLIVIA. Los cargadores de los mercados de La Paz se han convertido en símbolo cultural y mito literario, pero sus miserables condiciones de vida no han mejorado. Muchos de los que trabajan cargando bultos son mineros relocalizados.


Fuente:El País.com

25 de Junio de 2019

Los “aparapitas” se ganan la  vida apelando a su resistencia



“Son aparapitas y llevan años haciendo esto aquí en La Paz. Ahora ya quedan menos, pero todavía hay”. Contesta por él la señora, esa que ha estado guiándole toda la mañana entre los puestos del mercado de la Rodríguez. El chico no dice nada, calla incómodo y mira al suelo. No tendrá más de 20 años; la cuerda enrollada sobre el mono verde, la capucha, la gorra y el flequillo, capas superpuestas e infranqueables entre él y el mundo. Sobre la espalda, el saco abultado tras la mañana de compras. Tras la explicación, la señora se despide también por él y la pareja prosigue a trompicones su camino entre el laberinto tumultuoso de tenderetes.
La Paz está hecha de mercados, la mayoría de ellos trepan por sus laderas entre callejuelas angostas y empinadas, hechas de adoquines, restos de verduras y aglomeraciones. Hay muchos tramos en que el camino se vuelve impracticable para cualquier vehículo, es ahí donde empieza, hoy como hace décadas, el trabajo de los aparapitas.
Este vocablo es aymara y puede traducirse como “el que carga”. Sobre todo, cargan: sacos de patatas, canastas de fruta y verdura, cestas rebosantes de pescados del Titicaca, flores, fardos de ropa que en ocasiones duplican su tamaño, carros de licores, muebles o electrodomésticos.
Benigno Paredes dice que cobra Bs 2 por viaje. Un día de suerte logra hacer unos 50 portes y en cada uno de ellos transporta 50, 60, 70 kilos de mercancía. La mayoría son por encargo de las indígenas aymara propietarias de los puestos de la Rodríguez.
Benigno, 58 años, no más de 60 kilos, rodillas y espaldas siempre doloridas, nació cerca de la población de Achacachi, en pleno Altiplano, aunque tuvo que mudarse a El Alto por la falta de trabajo.
Él, como muchos aparapitas de su edad, debe su oficio a la relocalización minera de 1985, que tras la caída drástica del precio del estaño cerró gran parte de las explotaciones del país y dejó sin trabajo a más de 30.000 mineros. Muchos de ellos volvieron al campo, otros se refugiaron en las ciudades abocados a trabajos precarios y marginales.
Aunque el oficio data de la época colonial, sería a partir de los años 80 cuando comienza a multiplicarse su presencia en los mercados de La Paz: figuras calladas e inconfundibles siempre con una cuerda en la mano y el saco a la espalda, listos para cargar lo que fuese.
La Unidad de Estadísticas Municipales del Gobierno Autónomo Municipal de La Paz estima en 1.320 el número de cargadores “de soga” que trabajan actualmente en la ciudad, y más del 60% de ellos viven en condiciones de pobreza moderada o extrema.
En el comedor de la capilla de Nuestra Señora de la Exaltación, entre la Max Paredes y la plaza Garita de Lima, unos 30 o 40 hombres de edad avanzada, los rostros ajados y requemados por el sol, se inclinan sobre sus platos de sopa de fideos y ají de pollo: el menú de hoy. Casi todos son aparapitas que hacen una pausa en el trabajo de los mercados cercanos y van a almorzar aquí por un Bs 1.
Entre ellos está Saturno Huarcaya, 55 años y pocas palabras, toda una vida como campesino en una aldea al norte de Potosí. Aún va allí de vez en cuando para vigilar sus campos de quinua y papas, sin embargo hace tiempo que se rindió a la evidencia: el campo no daba para vivir y con más de 50 años decidió emigrar y probar suerte en La Paz.
El caso de Saturno no es único. Según datos del Banco Mundial la población rural de Bolivia ha pasado del 38% de la total en el año 2000 a apenas el 30% en 2019.
Muchos dejan el campo forzados por el empobrecimiento del suelo a causa, fundamentalmente, del cambio climático y el aislamiento y falta de servicios básicos que aún soportan muchas zonas rurales del país.
Llegan cada año, sobre todo en épocas de sequía de sus regiones; adquieren semillas, compran herramientas y ahorran un poco de dinero para enviar a sus familias que han permanecido en el campo. Indígenas aymaras y quechuas en su mayoría, muchos no dominan el castellano y se ven abocados a malvivir en las calles de La Paz o El Alto. Obligados a aceptar el primer trabajo que encuentren.
Saturno dice que las amas de casa son las que pagan mejor. “Hasta Bs 5 por acompañarlas a hacer la compra. Es más tiempo el que trabajas, pero la carga también es menos pesada, duele menos la espalda”.
Entre ellos también hay clases y condiciones laborales: están los que son contratados por comerciantes para montar y desmontar sus puestos cada mañana y al caer el sol; los que trabajan fijos en las tiendas cargando muebles o electrodomésticos en los vehículos de los clientes y, por último, los corredores como Saturno, que, sin salario fijo ni seguro, esperan en los mercados a un cliente improbable al que acompañar para hacer la compra.


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